Famosa por los Guerreros e Terracota del emperador Qin Shihuang, la ciudad presenta otros íconos imperdibles par los turistas. And you could find all kind of christian louboutin from here. Un recorrido por la muralla, las Torres de la Campana y del Tambor, la Gran Mezquita y el barrio musulmán.

El viajero que llega a Xi’an desde Beijing recupera la maravillosa sensación de mirar un cielo azul por encima de la ciudad, mucho menos contaminada que la capital de la República Popular China. Como el viajero ya se acostumbró a las dimensiones extraordinarias de Beijing piensa que Xi’an, la capital de la provincia de Shjaanxi, más pequeña y menos poblada, es una ciudad a una escala más humana.

A cielo abierto

Si el viajero llega en pleno verano del hemisferio norte, percibe que,bajo ese cielo despejado y azul, el sol del mediodía tiene la potencia de una plancha caliente presionando sobre la coronilla. Al viajero el calor no le importa, sale armado con un sombrero, protector solar y anteojos oscuros, porque las horas de la víspera de la visita al famoso Ejército de Terracota se tornan una cuenta regresiva: apenas le alcanzan para recorrer la muralla, una antigua fortificación que encierra una de las ciudades más modernas de China; las Torres de la Campana y del Tambor, dos “faros” imperiales del siglo XIV anclados en la marea turbulenta de avenidas y rascacielos del siglo XXI; el barrio musulmán, con su alborotado zoco y su parsimoniosa Gran Mezquita. Entonces el viajero agradece a dios y a los emperadores -que a veces fueron lo mismo- que todo el recorrido queden dentro de las márgenes del recinto amurallado que mide unos tres por cuatro kilómetros. En cambio, para llegar al predio donde están los Guerreros de Terracota, la milicia de ultratumba del emperador Qin Shihuang, hay que viajar 30 kilómetros.

El barrio musulmán donde viven los huí -chinos musulmanes- impregna la memoria del viajero con recuerdos nítidos. El zoco bulle en una calle peatonal ancha, arbolada y sin un límite a la vista. Hacia los costados, esta avenida se ramifica en estrechísimas callejuelas donde a esta hora no hay un alma y no entra un rayo de sol: los ocupantes de las residencias debes estar en el mercado o en la mezquita.

Puestos en la vereda

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El zoco del barrio musulmán ubicado en la ciudad

Cada puesto en la vereda es un pequeño escenario: una mujer con hiyab blanco, solo con la cara al descubierto, revuelve alternadamente dos grandes ollas: adentro de una de las ollas hay unos fideos de arroz, largos y finitos, en la otra, una cabeza de carnero; a su lado un hombre con tiqiyah también blanco -ese típico gorrito redondeado islámico- amasa, estira y corta la pasta frente al público.

Cada puesto en la vereda despierta, uno por uno, los deseos del viajero: el aroma de la carne asada; las hogazas de pan saliendo del horno de barro, hay kebabs de lo que al viajero se le ocurra; hay hamburguesas de cordero; hay especias del oriente próximo y también del lejano; hay pescado frito; hay carne con hueso y huesos sin carne; hay frutos secos y jugos recién exprimidos de granada y de caqui; hay buñuelos con canela, almendra y miel.

Los chinos no hacen fila, se aglomeran serenamente alrededor de los puestos y esperan, como si los turnos los diera Alá. El viajero no sabe cómo sabe, pero sabe cuándo le toca su turno; pasea los dedos sobre los alimentos y elije por color y por aroma, antes de siquiera saber qué es; se pregunta si así harían los viajeros que llegaban del resto de Asia y Europa cuando Xi’an era el extremo oriental de la Ruta de la Seda.

 

Publicado por Scanner Editorial en la Revista OrientAr 

Fotos: Shutterstock