Viaje por el sur africano en busca de su fauna típica. Un recorrido por cinco parques nacionales en los que es posible ver elefantes, hipopótamos, leones, búfalos, jirafas, rinocerontes y esquivos leopardos. Desde el Parque Nacional Addo hasta el magnífico Kruger, un itinerario aventurero por junglas, sabanas y ríos.

 

Todavía no era de día cuando salimos a buscarlo. Antes del alba, aún con la sabana cubierta de sombras, subimos al jeep con el convencimiento insensato de que esta vez lograríamos encontrar al animal. Esquivo, casi como un fantasma, el leopardo venía eludiéndonos desde hacía dos días, dejando rastros que sólo nos confundían, huellas que nos habían llevado primero hasta una ciénaga en la que se refrescaba un jabalí y, después, hasta un bosque espeso donde tres babuinos devoraban un pequeño lagarto que recién acababan de cazar. “Ya lo vamos a ver”, repetía Joe, el ranger que conducía el jeep en el que salíamos por las mañanas y por las tardes a avistar animales en el Kruger. Con un rifle en la mano, analizaba las huellas que un rastreador iba descubriendo en el piso, ocultas en la maleza o desparramadas sobre un sendero. Los tres, Joe, el rastreador y yo, nos habíamos topado con elefantes, con rinocerontes, con jirafas e incluso con luna manada de leonas que bebían agua de una laguna mísera en el final mismo de un atardecer escarlata. Pero el huidizo leopardo no aparecía. En la mañana de mi último día de safaris por el sur africano, empezaba a resignarme a terminar mi viaje sin haberlo visto.

 

La fauna salvaje es una marca registrada en África. Allí conviven elefantes, jirafas, cocodrilos, leones, hienas, impalas, hipopótamos, babuinos, orangutanes, gorilas, leopardos, chitas y rinocerontes. Cientos de miles de viajeros llegan anualmente al continente para embarcarse en safaris que permiten buscarlos, algunas veces en medio de junglas densas, otras en largas sabanas, en ríos de aguas rápidas,  en costas de manglares o, incluso, en zonas de desiertos. En el sur africano hay decenas de excelentes lugares para realizar safaris, la mayoría recorriendo parques nacionales espectaculares, cuya razón de ser radica en la protección de su riquísima fauna. Con esa idea, justamente, viajé hasta allí equipado con unos buenos lentes para fotografiar todo lo que fuera posible. Y también armado de paciencia.

“La fauna en África es espectacular pero nos exige muchas veces ser calmos para apaciguar la ansiedad. No siempre lo que uno quiere ver está ahí, donde lo fuimos a buscar. Por eso,  hay que saber esperar hasta que el animal que queremos encontrar pueda aparecer. Y eso, a veces, puede no suceder. Es algo con lo que se debe convivir”, me dijo William, un guía sudafricano con el que recorrí el Addo, el primero de los cinco parques nacionales que programé conocer en mi visita al sur africano. Después del Addo, vinieron el Chobe, el St. Lucía, el Hlane y el magnífico Kruger.

El Parque Nacional Addo se encuentra en Sudáfrica, en las proximidades de la ciudad de Port Elizabeth. Esta reserva fue creada en 1931 para proteger a los 11 últimos ejemplares de elefantes que quedaban por entonces en la zona, ya que la especie era víctima de una caza indiscriminada que la estaba llevando a su inexorable extinción en el extremo austral del continente africano. El éxito del proyecto conservacionista fue absoluto y hoy en día existen en esta área protegida más de medio millar de elefantes africanos. Con una superficie de casi 300.000 hectáreas, el Addo cuenta con una densidad poblacional de elefantes africanos tres veces mayor que en cualquier otra zona protegida de Sudáfrica. Casi siempre sedientos, estos gigantes necesitan beber grandes cantidades de agua durante el día, por lo que pasan muchas horas junto a las pequeñas lagunas que existen en el área reservada del Addo. Por eso, nada mejor que acercarse a esas lagunas y estanques para poder verlos, en especial en las horas crepusculares en las que suele aparecer también en las zonas circundantes una buena cantidad de leones, rinocerontes negros, búfalos, cebras, hienas, chacales, avestruces y licaones.

Así, siguiendo esta sugerencia, fue que pude ver una manada de  unos 30 ejemplares al caer el sol de una tarde que había sido como de fuego. Atento tras el vidrio de la camioneta de mi guía, pasé no menos de una hora contemplando el grupo de monumentales bestias, hasta que la noche sumió de oscuridad a la sabana.

Luego de mi visita al Addo, el viaje por el sur africano me llevó a Chobe, una reserva ubicada en el oeste de Botswana que se hizo famosa por sus enormes manadas de elefantes y búfalos.

Texto y fotos: Chino Albertoni