Son los destinos más visitados de los valles cachaquíes. Están separados por apenas 158 kilómetros, pero llegar no es fácil. Hay dos opciones: elegir el asfalto que alarga el viaje y demora más de cuatro horas, o ir por la mítica ruta. Un camino de ripio más corto que acompaña los caprichos del Río Calchaquí. Subite al auto y recorrelo con nosotros. 

> Por la ruta 40

La ciudad del buen vino. Esa es la ciudad que identifica a Cafayate, el centro urbano por excelencia en los Valles Calchalquíes y es el destino de más fácil acceso en esta región del país. Se puede llegar desde Tafí del Valle, o la capital salteña, y tiene ese aire colonial tan pintoresco, rodeado de viñedos y altos álamos que funcionan como barrera para los vientos. 

Grandes bodegas nacionales se encuentran en esta zona, como Etchart, El Este y La Rosa. Los viajeros pueden visitarlas y realizar la excursión clásica al proceso de producción y cata de vinos.

“El” evento es la Serenata a Cafayate, uno de los festivales de folclore más importantes del país que tiene lugar del 24 al 27 de febrero. Y si de vinos hablamos, merece un capítulo aparte la cepa tradicional de la zona, el Terrontés, que cuenta con su propio festival del 3 al 5 de noviembre.

La ruta 40 y su atractivo. Hacer este tramo del camino significa acercarse a una parte de nuestra historia. A las raíces de los pueblos originarios, la conquista española y el proceso independentista, con una serie de paisajes inolvidables y lugareños siempre predispuestos a brindar la mejor atención.

La Quebrada de Las Flechas es, quizás, uno de los mejores paisajes de la Ruta 40. El recorrido atraviesa desfiladeros con cortes peculiares. El Ventisquero, La Flecha y El Cañón se extiende a lo largo de unos 20 kilómetros a ambos lados del camino y fue producto de la combinación de vientos y movimientos telúricos. Es, sin dudas, una de las escenografías más pintorescas para sacarse fotos.   

Los pequeños pueblos.  A medida que nos vamos acercando a los diferentes poblados, sentimos que el tiempo aquí no come. Todo lo contrario: se desliza por entre las sombras de la siesta. Estos pueblos nacieron como parte del asentamiento de las fuerzas españolas en el norte, y  sus iglesias fueron construidas después, con la llegada de los Jesuitas.

Seclantás es un pequeño pueblo de apenas 306 habitantes, rodeado de un entorno árido y plantaciones caseras. Vale la pena detenerse y aprovechar para visitar a las familias teleras, ver los clásicos ponchos salteños o presenciar cómo tiñen los textiles en los paños de las casas. Además desde allí se puede visitar las Cuevas de Acsibi.

Cachi y su encanto. Cachi se caracteriza por calles empedradas, veredas que necesitan de dos a tres escalones para alcanzarlas, bares con mesas y sillas que rodean la plaza, humitas y empanadas que abrigan y alimentan el alma.

Uno de los sitios renombrados para ir es El Molino de Cachi donde se puede almorzar en un entorno colonial y dejarse encantar por el molino de granos del siglo XVII que se encuentra en su interior y aún es utilizado por los agricultores de la zona.