La Habana es la punta de lanza, la ciudad en donde flamean los vientos del cambio tan mentado. La llegada de Internet – a paso lento – el deshielo de las relaciones con Estados Unidos y el recital de los Rolling Stones son hitos que van marcando la transición en esta isla que parece haber quedado anclada en la mitad inicial del siglo pasado.

Aterrizamos en la Habana a las 12 de la noche de un jueves. La estadía, arreglada de antemano, sería en una casa de familia en Centro Habana. Giselle, la anfitriona, se ocupó de mandarnos un taxi “de confianza” al aeropuerto.

En la ruta, semi desierta a esas horas, sólo se veía unos pocos almendrones – los antiguos y glamorosos que pueblan las calles cubanas-.

Llamó la atención también ver otros muchos más modernos, como el taxi en el que viajábamos. La plaza automotriz, de apoco, se va renovando en la isla. Con el entusiasmo epifánico de comenzar un viaje anhelado, atravesamos la mansa noche habanera.

La llegada de Internet – a paso lento – el deshielo de las relaciones con Estados Unidos y el recital de los Rolling Stones son hitos que van marcando la transición en esta isla que parece haber quedado anclada en la mitad inicial del siglo pasado.

La postal del centro histórico, esa joya de la arquitectura colonial caribeña, zigzaguea entre edificios reacondicionados, en vías de, y otros que parecen a punto de desmoronarse. En el Floridita – el bar en donde solía beber Ernest Hemingway – y en la Bodeguita del Medio, otro clásico habanero , los turistas toman fotos y los mojitos salen como pan caliente.

La Habana es el Museo de la Revolución y la Plaza de la Revolución, íconos imperdibles para comprender la historia de la isla que ha sido la más aislada del mundo. Galerías de arte y centros culturales al aire libre, con murales, un rincón en donde cada domingo se dan cita los cultores de la región afrocubana, con demostraciones de baile y música, acompañadas de comidas y bebidas típicas.